miércoles, 8 de julio de 2009

DE MALES Y ESTUPIDECES

Edgar Chavarría Solano

La estupidez no es (resumo el post anterior) una limitación de la razón (en la razón) sino un uso inadecuado de ella que, en síntesis constituye una renuncia voluntaria (enfatizo: con participación de la voluntad) o habitual (con la voluntad disminuida o anulada). Comparativamente: no es un martillo defectuoso, sino un martillo que se usa mal o que se deja guardado mientras su propietario procura poner un clavo golpeándolo con la palma de su mano.


Se cuenta que cuando Darwin expuso su teoría de la evolución ante la Real Sociedad, uno de los miembros le interrumpió para preguntarle: “Disculpe, nos podría contar si a Usted, lo de mono le viene por parte de padre o por parte de madre?. La anécdota puede ser sólo eso, pero ilustra una de las fuentes que nutre la construcción de nuestros pensamientos estúpidos, a saber, negarle a la razón la posibilidad de que sus contenidos sean “corregibles”. Como corolario, se supone la existencia de “una” verdad inamovible, fundamental y toda afirmación en contrario se sataniza, se ridiculiza y se persigue.

En la anécdota anterior, como en los posteriores avatares de la Teoría de la Evolución, resuena, entre otros ecos, la visión dicotomíca occidental. En la tradición greco-romana-occidental-cristiana ha prevalecido una concepción que parte al mundo en opuestos: cuerpo - alma, mente - espíritu (o mente y alma) Dios - demonio, cultura - naturaleza, creación – evolución, sujeto - objeto, y tantas otras.

Esa tradicional visión implica un interés por diferenciar, por establecer “lo que es y lo que no es”. Pero como bien encuentra Todorov, la diferenciación se mezcla en Occidente con otro componente: el maniqueísmo, la idea de que todo en el mundo se inclina hacia uno de dos polos (otra dicotomía, pero ahora de carácter valorativo) que son el bien y el mal. En ese marco, “lo que no es” tiende al mal. Así, ante los ojos de los conquistadores, los aborígenes americanos “no eran europeos”. Por su parte los europeos eran “El Hombre”. De ahí que nuestros abuelos aborígenes “debieran” asimilarse a la cultura del conquistador para devenir “Hombres” (pasar de no ser, a ser seres humanos) y reclamar la dignidad correspondiente. Tal mecanismo de diferenciación, entonces, se convierte en una máquina de exclusión que permite dividir a la humanidad en proto-hombres y hombres, en sub humanos y humanos.

Es posible que el estado del conocimiento siglos atrás sustentara con alguna pálida legitimidad la visión dicotómica-maniquea. Pero seguirla sosteniendo en el siglo veintiuno, demanda hacer a un lado el conocimiento científico, renunciar a la razón colectiva y al crecimiento humano, esto es, ejercitar la estupidez.

Las discusiones antiguas sobre la dualidad alma-cuerpo son francamente interesantes, pero parece que en algún momento las tesis en disputa se sobre-simplificaron. Las influencias de algunas concepciones religiosas (más que teológicas) terminaron por generar una idea burda, simplona y manipuladora que concluyó en el surgimiento de una dicotomía maniquea: todo lo referente al alma es bueno y todo lo referente al cuerpo es malo. La discusión seria continuó por otros canales y las aportaciones contemporáneas de la psicología, la neurociencia, la biología del conocimiento, etc., hacen de éste, un tema abierto y de enorme importancia.

La vena simplona, sin embargo, la de la dicotomía alma (bueno) - cuerpo (malo) no deja de producir estupideces. Propongo un ejemplo.

“Sí, a veces nos duele el alma. De manera sorprendentemente afín al dolor físico: con sus espasmos, sus contracciones, sus paroxismos y sus ocasionales treguas. Solo que para el alma no hay anestésicos, y su dolor suele ser más insidioso que el del cuerpo. (…)”
(http://www.nacion.com/ln_ee/2009/abril/25/opinion1943880.html)

Aunque no parece problemática la distinción que hace entre los dolores del cuerpo y los del alma, habría que preguntarle a un paciente terminal de cáncer, qué le duele más: el cuerpo invadido de células cancerosas o la “nívea y sutil epidermis del alma”. O si la anestesia del tramal y de la morfina le es inocua.

Antes de la afirmación citada, el autor ha preparado el escenario del siguiente modo:

“(…) Porque se enferma el alma, sí. Gravemente, y entonces no hay posibilidad alguna de alegría. La luz del rostro se extingue y hasta al reír lloramos por dentro.
Los hay que de inmediato se lanzan a buscar en el botiquín de primeros auxilios de todo maníaco depresivo: la cornucopia de la química cerebral: grageas, pastillas, gotitas, comprimidos, inyecciones…”(…) “¡Cuánto más fácil tragarse la pastillita y no hacernos más preguntas de esas que nos perturban desde la raíz del ser” (http://www.nacion.com/ln_ee/2009/abril/25/opinion1943880.html)

El tono despectivo para referirse al “maniaco – depresivo” (síndrome bipolar) y su “cornucopia” de medicamentos, es un recurso para elevar el “estatus” de otro supuesto mal: el romanticismo del que se supone superior a los demás por ser “artista”. Pero no; la melancolía del compositor, la evasión del literato, “el hambre de divinidad “(ver la misma fuente) las ensoñaciones del instrumentista… nada de eso tiene una estatura de superioridad, ni moral, ni ontológica, frente a la depresión que sufre un alto porcentaje de esos otros seres que no vivimos en el Olimpo. Con el National Institute of Mental Health, hay que repetir que un estado pasajero de tristeza no tiene nada que ver con el trastorno de depresión. Pero tampoco se trata de que la depresión sea “superior”. Simplemente es una estupidez jerarquizar “males” con base en un telón de fondo maniqueo (alma-buena-superior vs. cuerpo-malo-inferior)

La Dra. Victoria Hall, del Centro Nacional de Información de Medicamentos, nos ofrece los siguientes datos respecto de la depresión:

 La morbilidad es similar a la de la angina de pecho o de la enfermedad arteroesclerótica y más debilitante socialmente que la diabetes o la artritis
 Un 10% de los pacientes deprimidos intentan suicidarse;
 Un 15% de pacientes gravemente deprimidos se suicidan
 Los suicidas que experimentaron depresiones representan el 66% de todos los suicidas.

Respecto de la “cornucopia” farmacológica, la citada profesional reitera el papel del desequilibrio neuroquímico en el surgimiento de la depresión: No sólo se presenta un desequilibrio en las concentraciones de dopamina, serotonina, noradrenalina, sino que parece existir una predisposición genética a la disminución de las células que emplean la serotonina.


A pesar de los avances científicos, la depresión sigue siendo vista con desprecio, desatención y desinterés en el entorno médico – social. En nuestros países, una buena parte de las personas con trastornos depresivos continúa sin diagnosticar, muchas de quienes lo han sido, no reciben seguimientos adecuados sobre el curso de su enfermedad y buena cantidad de esa población no tiene acceso a los medicamentos de elección ni a la psicoterapia.

El desafortunado comentario que he citado, finalmente, no sólo refleja el orgullo antipático de un auto pretendido habitante del Olimpo con hambre de divinidad, sino, con mayor énfasis, nuestra habitual estupidez social, capaz de dedicarle hoy miles de veces más dinero a la cirugía estética innecesaria que a la depresión, que es un mal del cuerpo y del alma en su unidad indisoluble.
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Fuentes:
Sagot, Jacques (2009), “Cuando el alma se enferma”. En: http://www.nacion.com/ln_ee/2009/abril/25/opinion1943880.html , consultado 25/4/2009, 5/7/2009, 7/7/2009 y 8/7/2009
Hall, Victoria (2003), Depresión: fisiopatología y tratamiento, Costa Rica, CIMED – UCR.
La fotografía que ilustra esta entrada es propiedad intelectual de Fernando Mineiro y está protegida por una licencia Creative Commons. El original puede verse en: http://www.flickr.com/photos/23507997@N00/803646696/

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